jueves, 8 de abril de 2021

CARNE CRUDA


Mientras alucino ante la situación de los repartidores de Amazon (tienen que orinar en botellas de plástico durante su jornada laboral) Can se dispone a cambiar la hebilla de la tarde. Suena "Ege Banmyasi Okraschoten" (Spoon Rcds, RE 1981) y la protagonista principal comienza a mirarse en los  espejos más lejanos, participa en animadas conversaciones entre topónimos geográficos e intenta rastrear los instantes que han quedando desperdigados. Ella (al igual que otros pocos) está convencida que hubo un antes del pasado, un antes en el que la luz de la cruz solar apenas alumbraba el hilo de una telaraña, un antes del neolítico en el que la carne la servían cruda.

Porque tengo la suerte de conocer a Diana García Bujarrabal estuve tentado de comenzar presentándola al uso en esta bitácora. Decidí a tiempo no caer en tal obviedad. Apuntaré tan solo que Diana tiene ya un currículo estimable como poeta (entre distintas antologías y obras propias, este "Los peces y los pájaros", Torremozas / La Noctámbula 2021, creo que es su quinto libro). Lo verdaderamente importante es que la autora posée una genuina alma de poeta; en el espacio observa, pasa el tiempo (quizá rascándose la barbilla) mientras acecha el momento preciso para disparar sus versos de cazadora. He leído repetídamente estos días "Los peces y los pájaros" y déjenme decirles que tengo la humilde sensación de haber nacido en el género equivocado (aunque el signo del zodiaco no lo cambio).

La poesía de Diana en este "Los pájaros y los peces" comienza con lo que parece ser una jornada laboral (nunca rutinaria) en poemas como "Ansiedad", "8:45", "Llegada a la estación", "La jornada" para irse paulatinamente extendiendo en títulos que dan a entender un pararse para mejor (re)pensar la vida, "Teoría y práxis", "Hijas de la ciudad", "Lienzo en blanco" y tantos otros en los que la intrahistoria revelada se conforma por el inmenso orgullo de sentirse mujer, tanto en su papel supra-poético (madre, hermana, compañera, amiga, luchadora) como en su muchas veces no tan atractiva actividad doméstica. En otros (no daré más títulos para no facilitar la comodidad del futuro lector) se habla de la relación con los hijos, de la naturaleza, el viaje, la materialidad de los objetos (magníficos "La caja" y "El joyero"), la zoología de los significados (aquí propiamente aparecen bellas imágenes sobre las peceras y las jaulas), todo ello sazonado con un cierto regusto final a sensación de vacío existencial, a tembladera cósmica. También (porqué no decirlo) a esperanza y redención sustentada por la idea de la sublimación del amor, sumidero necesario ante la constante pesadilla.

Lo que debe importarme es la correspondencia de la poesía con el habitante que la lee, con el que la vive como un manantial, así que no fue casualidad que recientemente conociera la voz y la imagen de Lucy Yeghiazaryan (JazzWax). Inmigrante armenia establecida en New Jersey en 2001, Lucy se matricula en Jazz for Teens, un programa juvenil de interpretación musical financiado por el New Jersey Performing Arts Center. Nuestra segunda protagonista se encuentra repentinamente con lo que andaba buscando su padre (un diseñador de interiores al que no le llega para mantener a su familia en una Armenia desvastada), la América soñada del jazz. Su voz se encuentra entre esos fraseos vocales (desde Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Billie Holiday, Nina Simone, Carmen McRae...) en los que la carne cruda de la experiencia femenina se derrumba (como una torrentera) desde la garganta hasta el pecho. Les dejo con la versión de "Honeysuckle Rose" junto a The Maniacs en el Small Club de Nueva York.



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