martes, 8 de febrero de 2022

Pop History. Vol 7: Eric Clapton

Pues os voy a contar una historia real. De esas que muy de vez en cuando te ocurren, y siento de verdad que no dé más datos de los que voy a dar. A mis veintidós añitos recién cumplidos andaba yo con Paula, de diecisiete a punto de cumplir los dieciocho en unos meses. Gastábamos una mezcla de amor y sexo a partes iguales. Al parecer, la conocí en Córdoba varios años antes. Concretamente en el colegio Santuario (así se llamaba porque estaba en dicho barrio), según me contó ella, pues, casualidades de la vida, fuimos al mismo colegio, poco antes de venir yo a Madrid y ella también, por su parte. Pero Paula cumplió los dieciocho y su padre ya la había convencido que se fuera a aprender inglés al UK, que era lo mejor que podía hacer con esa edad, bla, bla, bla… Y allí que se fue Paula, y aquí que me quedé. Allí estaba de “Aupair”, como muchas otras chicas españolas. Bueno, como muchas chicas españolas no. Ni mucho menos. El niño que iba a cuidar tenía 13 años. Y en Semana Santa de 1990 allí que me fui detrás de ella a pasar una semana. Las sorpresas se sucedieron una detrás de otra. Ella tenía que ir a la salida del colegio del niño. Para eso, los padres le dejaban un Aston Martin “pequeño” y descapotable. Pero es que los padres no eran unos padres cualquiera. Todos ellos tenían los ojos achinados. Ya decía yo: el marido era “de la Embajada de Tailandia”. Bueno, digamos que no había nadie que le diera órdenes en la delegación. Su casa… su casa era sencillamente de revista. Y estaba ubicada en una urbanización que para entrar la primera vez yo allí tuve que enseñar hasta las anginas. Allí vi, por ejemplo, servicio a domicilio de peluquería de perros, catering, y cosas así, por primera vez. Una vez dentro y “acomodado” en la habitación de Paula creí que ya había llegado al final. Pero noooo. Sólo había hecho más que empezar. Al día siguiente me di cuenta que desde nuestra ventana se veía una pista de tenis, y que en ella estaban jugando dos, de los cuáles uno me sonaba. Bueno, digamos que entrenaban. Efectivamente, antes de que pudiera reaccionar ella me dijo que era McEnroe. Y el compi, un tal Lendl. Que era una casa alquilada, o comprada, o yo que sé, por uno de ellos, y que de vez en cuando entrenaban. Joder, joder. Y así pasaron un par de días, asumiendo que aquel sitio de lujo no era normal. Pero llegó el tercero y el segundo que sacábamos a pasear a dos chuchitos “por la urba”. Ya el anterior había oído música a unas cuántas casas de la nuestra. Debían de ser seis u ocho tipos. Y la tenía localizada. Así que, esa tarde, ocurrió lo que ocurrió. A la vuelta del paseo salieron dos tipos de la casa, también a pasear, porque venían hacia nosotros, que volvíamos de un pequeño parque y lago central, el lugar de paseo comunitario. Al cruzarnos les saludamos. Bueno, más bien nos presentamos, porque Paula les comentó que si eran ellos los que “hacían ruido con sus guitarras y pianos”. Y ellos, riéndose, pareció que se estaban disculpando por el “ruido”. Fue así como Mike (uno que al parecer se hizo famoso con unas campanas tubulares) y un tal Eric (apodado “slow hand”), conocieron entre apretones de manos, risas y disculpas, a Miguel y a Paula. Los restantes días yo sacaba a los perritos, pero me quedaba muy cerca de la casa de los ruidos, oyendo en exclusiva, sólo para mí y unos vecinos más, a dos grandes de los grandes. 
 
EPÍLOGO 
Paula: El padre del niño y toda su familia eran de la casa real de su país. Y volvieron allí en diciembre. Paula decidió acompañarles. Allí pasó un año y poco (de 1991 a 1992), hasta que por unas revueltas estudiantiles, tuvieron que salir del país, no sin grandes dificultades reales, no sin peligro para llegar al aeropuerto. Paula volvió a España, pero nuestros caminos ya estaban separados. 
Miguel: En 1990 yo volví a frecuentar los viernes de invierno el frío Villalba con los colegas. Esos pubs donde echabas unas horas entre Johnny Walker etiqueta negra, “cien pavos de costo” que le pillabas al de la barra, y unas partidas de billar. Esos sitios donde el “camarero” se enorgullecía de su nuevo ecualizador puesto encima del equipo de música, rodeado por cientos de cassettes, o de saber toda la carrera de los Crosby, Still, Nash & Young. O de ponerte el último disco de Eric Clapton, de ese mismo año, el disco que refrendaba su salida del infierno (aún no sabía Eric que le esperaba otro infierno mayor, el de su hijo). Y mientras yo y mis amigos fumábamos los “cien pavos”, miraba la manera de meter la bola, sorbía un poco de güisqui y escuchaba ese último disco del orgulloso camarero, que tanto y tanto me sonaba, que tanto me recordaba mi viaje al UK, y que varias tardes había oído ensayar, o grabar, quien sabe, yo mismo en directo meses antes, en medio de una sonrisa de la que sólo mis colegas sabían su origen.

14 comentarios:

  1. https://www.mediafire.com/file/a8wfpugzv159k0t/Pop_History_Vol._7_-_Eric_Clapton.rar/file

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    1. https://drive.google.com/file/d/1VezinnITruAEshE8QdOQOtbRIGqBuji6/view?usp=sharing

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  2. Vaya , que interesante,
    casualidad que hace un
    rato , estaba escuchando
    el Tears in heaven .

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  3. Pasaba por aquí, decidiendo leer la entrada en otra ocasión, por falta de tiempo, y tu (vuestra) historia me ha enganchado. Muy buena, Miguel. Ya veré otro día qué incluye ese recopilatorio de Clapton, si su Layla o sus grabaciones más bluseras. No conozco demasiado de Clapton, la verdad.

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  4. Hola Miguel.
    Por lo que he leído,somos de la misma quinta. Me ha gustado mucho tu relato. Esas vivencias hay que contarlas y no guardarselas para uno mismo, y que mejor que esté blog de adiciones y perversiones, (yo añadiría vivencias y recuerdos)para hacerlo.Desde luego que conocer a Clapton en persona no es algo que ocurra todos los días.
    Este es el tipo de entradas que me gustan, con alma.
    Yo también tengo mi batallita del abuelo cebolleta preparada para cuando me toque el turno. Prepararos.

    Saludos.
    Antoni

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    1. Hola, Antoni. Me alegro que te haya gustado la historia. Y deseando leer la tuya!!!!!!
      Buena idea ésa de contar anécdotas.

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  5. Hola Miguel.
    Me encantan las batallitas de abuelos cebolletas.
    Yo en los ochenta compartí mesa en un restaurante universitario de Salamanca con el mismísimo Bruce Springsteen, si, el Boss, bueno, no fué así exactamente, con el que compartí mesa fue con un estudiante de Nueva Jersey que vivia doblando la esquina de la casa del boss. No puede ser todo.
    Consuelate con Paula, que ya debe ser una señora fofa y amodorrada, seguro que no te convenía.
    Saludotes.
    Jose

    PD. ¿Y del Clapton?... Bien, gracias.

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  6. Muy buena la historia Miguel, y además contada con el gracejo típico de alguien a quien no conozco personalmente pero que ya considero colega (por "varias cosas" que se cuentan en el relato)
    A mi en el cuartel me llamaban Clapton, y no precisamente por las melenas, sino porque yo mismo usaba ese apellido cuando algún suboficial de servicio despistado pasaba lista.
    Estuve, y lo sigo estando, muy colgado con el Clapton inicial, de Yardbirds, John Mayall y sus Blues Breakers, Cream y su primera etapa USA, hasta Derek & The Dominoes. Ya después, salvo sus colaboraciones puntuales con J.J. Cale y algún astro del blues, me fui alejando de "Slow Hand"
    Reitero mi enhorabuena por tan entretenida entrada.
    Saludos,

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  7. Muy buena la anécdota, de unos tiempos en los que esas cosas todavía eran posibles. Pero en fin, que te quiten lo bailado...

    Clapton es de esos músicos que tuvieron una época fantástica en los 60 y luego se dedicaron a vivir de rentas. Desde su marcha a Estados Unidos, la única diferencia entre él y un buen guitarrista de sesión es el nombre. La creatividad fue siempre su punto débil.

    Saludos mil.

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  8. el link está ya inactivo. ¡Qué pronto!
    kk

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    1. Lo he comprobado y va bien, suele pasar bastante con Mediafire, pero esperas un rato y ya te funciona.
      No veas la de veces que me han dicho esto en mi blog.
      Ya nos contarás

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    2. Pues sí que va. Más madera!!!

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